Por: Omar Cavero*
Buenas noches con todos y todas.
Antes que nada quisiera agradecer la oportunidad de poder compartir algunas
reflexiones con ustedes a nombre de Emancipación y a pocos días del primero de
mayo, día que conmemora la lucha de los trabajadores en el mundo.
En esta ocasión quiero desarrollar cuatro aspectos
que considero centrales para situar las experiencias que comparten hoy con
nosotros los compañeros aquí presentes. Son cuatro ideas que conjugan verdades
bastante simples. En sentido estricto, no espero decir algo nuevo, algo que no
vivamos y nos resulte extraño o sofisticado. Pero la simpleza de estas verdades
no impide que las tareas que de ellas se derivan sean altamente complejas, e
igualmente necesarias y urgentes. Comienzo, entonces.
1. Grados altos de explotación, ingresos bajos y normativa que desprotege
al trabajador. Fotografía breve de la situación actual de los trabajadores[1]
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| Fuente: Peru21 |
Sin
embargo, la información que no se da, y que es tan real como ese crecimiento
del producto, es que aquel aumento de la producción agregada no beneficia a los
productores directos -los trabajadores-, pues se sostiene en altos grados de
explotación, en ingresos laborales bajos, en condiciones precarias de empleo y
en inestabilidad laboral.
Excedente
de explotación creciente
Si
actualmente dividimos todo el producto generado en la economía peruana entre
remuneraciones, utilidades empresariales y recaudación tributaria, encontramos
algo que se nos dice muy poco: comparativamente, la enorme mayoría de ese producto es apropiada como utilidades
privadas. Ni los que producen ese PBI –los trabajadores-, ni el Estado, se
quedan con la mayor parte.
Según
las cuentas nacionales calculadas por el INEI, la tendencia que tenemos de 1991
en adelante es a intensificar esa apropiación proporcional. De todo el PBI, en
el año 1991 cerca del 30% correspondía a remuneraciones. Bajo. Pero para el año
2011 eso es más bajo aún: 22%. El excedente de explotación -que es la forma en
que se mide la participación de las utilidades empresariales en el producto- ha
aumentado, como es lógico, simétricamente. De
estar cercano al 50% el año 1991, pasa a estar en el año 2011 cerca al 66%[2].
La
recaudación tributaria en ese periodo pasó solo del 8.9% al 9.9%. Casi no crece
la participación de la recaudación, la de las remuneraciones desciende y crece
en dieciséis puntos el excedente de explotación. En términos de la distribución
funcional de ingreso, así es nuestro patrón de crecimiento.
Se
puede concluir, entonces, que el crecimiento ha beneficiado más a los dueños de
capital que a los trabajadores. En palabras sencillas: imagine que usted produce
en un día 100 soles. Visto de forma simplificada, al final del día vendrá
alguien que por reclamar ser dueño de sus instrumentos, sus insumos y del
proceso mismo de producción, le quitará 66 soles, y en los últimos veinticuatro
años le ha venido quitando cada vez más.
Ingresos
bajos y poca recuperación en medio del boom económico
Lo
anterior se relaciona con la poca recuperación de los salarios privados y los
sueldos públicos: del 2000 en adelante
prácticamente no aumentan. Mientras tanto, el PBI ha tenido en ese periodo un
crecimiento constante. En términos de ingresos reales la tendencia es
similar: en general no crecen desde 1990, y su nivel es incluso inferior al que
tenían en 1980. Así lo muestra un
estudio de los investigadores de la PUCP Waldo Mendoza, Janette Leyva y Luis Flor,
del año 2011, donde usan datos del INEI.
Hoy,
si usamos datos del 2009, el ingreso real promedio de un obrero en Lima, por
ejemplo, es 203.5% menor que el que tenía el año 1980. Eso quiere decir que un
obrero hoy, a pesar del boom económico, el milagro peruano y el éxito de Marca
Perú, puede consumir tres veces menos que en 1980, y 6.4% menos que en 1994.
Permítanme
agregar un comentario. Acá es difícil echarle toda la culpa de esos ingresos
bajos a la crisis económica de la década de 1980. Dos razones. Uno: el
deterioro del ingreso viene de antes, ya que en 1973 estalla un primer ciclo de
crisis, así que un ingreso real tan bajo en comparación a 1980 es algo de por
sí grave. Dos: porque si la economía peruana se había estabilizado ya en 1994,
nada justifica que el ingreso, a pesar del crecimiento económico, se haya
seguido deteriorando y no tenga perspectivas claras de mejora en la actualidad.
Sigamos.
Si vemos no sólo el ingreso de los obreros, sino de los trabajadores limeños en
general, encontramos que actualmente el ingreso real promedio es de 1419.8
soles. Como todo promedio, oculta los extremos. Por ejemplo, oculta la
situación de los trabajadores más jóvenes. Hoy el ingreso promedio de un
trabajador de entre 14 y 24 años es de 887.3 soles, 532.5 soles menos que el
promedio[3].
Pero
un momento, que los datos no nos abrumen, Hagamos las preguntas del sentido
común. ¿Se puede vivir bien con 1420 soles en Lima?, ¿con 887 soles?, ¿acaso sí
con la Remuneración Mínima Vital –conocida como sueldo mínimo-, de 750 soles?
Si
fuéramos jefes de familia y los únicos que aportamos ingresos en un hogar
peruano promedio, de cuatro miembros, en Lima, tendríamos que tener un ingreso
de 1392 soles o más para no ser considerados pobres por el INEI[4].
Ni
el sueldo mínimo, ni el ingreso promedio de alguien joven, ni el de alguien con
solo secundaria (1085.7), ni incluso el de alguien con formación superior no
universitaria (1376.5) alcanzaría.
Condiciones
precarias de trabajo
Veamos
ahora las condiciones en que trabajamos. En el Perú, según datos de la Encuesta
Nacional de Hogares (ENAHO) del 2011, 55.1% de la Población Económicamente
Activa (PEA) está adecuadamente empleada y 44.9% está subempleada. Aproximadamente,
solo cerca de 1 de cada 2 trabajadores estamos adecuadamente empleados.
El
subempleo puede ser por ingreso o por horas; es decir, se gana menos de un
ingreso mínimo referencial o se trabaja menos horas de las que se quisiera. El
subempleo del Perú es mayoritariamente (89%) por ingreso. Como se aprecia, la
relación con lo que mencionábamos antes sobre el ingreso real es directa.
Por
otro lado, sabemos que estar en planilla, según la normatividad vigente,
debería significar poder acceder a un seguro de salud, estar afiliado a un
sistema de pensiones y trabajar la jornada normal de ocho horas.
Pues
bien, están en planilla solo el 21.4% de la PEA. De 10 trabajadores, solo 2. Trabaja
sin planilla el otro 78.6%. Aquello implica que la mayoría, casi 8 de 10, no
tiene ningún tipo de estabilidad laboral ni accede a los más importantes
derechos laborales.
Por
supuesto, los datos anteriores excluyen a los empleadores, que son alrededor
del 5% y al analizarse se debe también considerar que una porción grande de la
PEA es independiente: 34.8% no son trabajadores que dependan de un empleador.
Aquello, dicho sea de paso, puede ser visto como un indicador de precariedad
del mercado de trabajo. Es gente que se “inventó” su empleo, por ponerlo en
términos coloquiales, ante la falta de puestos de trabajo disponibles y de
calidad.
El
panorama de precariedad es similar si nos preguntamos por la extensión de la
jornada de trabajo. Los datos nos dicen que más de la mitad de los peruanos trabajadores
soportamos jornadas de más de 50 horas semanales. En concreto, en esa condición
estamos el 58.4%, según calcula el INEI para el último trimestre del 2013. Si
trabajáramos ocho horas de lunes a sábado y descansáramos domingo, el total
semanal debería ser 48 horas. Incluso, un 21.9% trabaja más de 61 horas, lo que
incluye casos de personas que trabajan más de 81 horas (6% de la PEA).
Hagamos
un división simple: 61 entre 6 nos da 10.1 horas diarias, 81 entre 6, 13.5
horas. Agreguemos el domingo y no cambia mucho el panorama. Si a eso sumamos
tiempos de transporte al centro de trabajo, que a veces van de entre una a dos
horas de ida y otra cantidad similar de vuelta, y en el caso de mujeres
trabajadoras la labor doméstica que se realiza o en las noches o en la
madrugada, concluimos que la jornada de
ocho horas es uno de los derechos más trasgredidos en el Perú de hoy y que la
mayoría de peruanos antes que vivir del trabajo, vivimos para trabajar.
Finalmente,
consideremos la cuestión de la estabilidad laboral y el marco legal asociado a
su casi total ausencia en el Perú. Del total de asalariados privados, el 73.2%
trabaja bajo contratos de plazo fijo; es decir, tiene contratos de seis, tres,
dos o hasta de un mes de duración. No tiene, pues, estabilidad. Solo el 26.8%
tiene contratos de plazo indefinido. El 2005 se tenía 70.1% y 29.9%, respectivamente,
y en 1970 cerca del 90% eran estables[5]. La
conclusión es evidente: la estabilidad laboral es otro de los derechos más
pisoteados en la actualidad. Es casi un lujo.
Por
supuesto, siempre se podrá decir que los contratos a plazo fijo son necesarios
cuando se necesita trabajadores por temporadas cortas, pero, ¿es esa la
situación de casi las tres cuartas partes de todos los asalariados privados?
No. Y la mejor prueba de eso es que se tiene trabajadores por varios años con
contratos a plazo fijo permanentemente renovados.
¿Quién
se favorece? Solo la empresa. Puede deshacerse rápido de un trabajador y
presionarlo siempre con la amenaza de la no renovación. ¿Quién se perjudica? El
trabajador. Se ve reducido a mercancía transable que se puede rápidamente dejar
de alquilar. ¿Es esto legal? Sí. Queda entonces claro que hay una legislación
que favorece al empleador y desprotege al trabajador. Es la realidad de ese
eufemismo famoso, llamado flexibilidad
laboral.
Lo
que expongo aquí no es novedad, pero si acaso cabía el argumento de que todo
era cuestión de percepciones, las cifras nos confirman, de manera objetiva, que
en el Perú del 2014, del “boom” económico, ese producto que crece, que lo
producen los trabajadores, no se refleja en beneficios concretos para los
productores. Es un crecimiento de explotación intensa, de jornadas largas, de
precariedad laboral, de ingresos bajos y de una persistente marginalidad
económica, tema que comentaré más adelante.
Continúa en parte II. La ponencia completa se puede descargar aquí.
Continúa en parte II. La ponencia completa se puede descargar aquí.
*Esta es una adaptación ampliada de la ponencia presentada
por el autor en el evento: “¿Qué significa ser joven y sindicalista en el Perú
de hoy? La lucha sindical de los trabajadores y los retos de nuestra época”,
organizado por Emancipación, Escuela
permanente de estudios de la realidad peruana. el 26 de abril del 2014. El autor es sociólogo e integrante de Emancipación.
Correo:cavero.omar@gmail.com
[1] De aquí en adelante se ha utilizado como fuente de los datos citados las estadísticas generadas por el INEI a partir de las cuentas nacionales –usando como año base 1994- y diversas encuestas, como la ENAHO y la Encuesta permanente de empleo. También se ha utilizado información generada por el MTPE.
Correo:cavero.omar@gmail.com
[1] De aquí en adelante se ha utilizado como fuente de los datos citados las estadísticas generadas por el INEI a partir de las cuentas nacionales –usando como año base 1994- y diversas encuestas, como la ENAHO y la Encuesta permanente de empleo. También se ha utilizado información generada por el MTPE.
[2] Cabe anotar que
este porcentaje incluye el ingreso de los trabajadores independientes, que el
INEI erróneamente considera como excedente de explotación por no ser considerado
como remuneraciones, a pesar de que no haya propiamente explotación de trabajo
ajeno. Sin embargo, la tendencia al crecimiento de ese excedente es claro que
está relacionada al crecimiento de los sectores económicos de mayor
productividad, donde el porcentaje de asalariados es mayor, es mayor la
cantidad de empresas grandes y el trabajo independiente es bajo. Me refiero a
sectores como minería, petróleo, energía, electricidad, agua, servicios
financieros, telecomunicaciones, industria y construcción.
[4] Esa es la
línea de pobreza calculada para el año 2011 y para un hogar de cuatro miembros
en Lima.
[5] He tomado como referencias los
datos del MTPE citados por Julio Gamero en su presentación, donde argumentó, en
una línea similar a la que desarrollo aquí, que el marco normativo vigente
facilita la proliferación de contratos a plazo fijo.


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