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sábado, 10 de mayo de 2014

Verdades simples y tareas complejas. Cuatro ideas sobre la situación actual de los trabajadores y los retos del movimiento sindical – Parte III, IV y V

Por: Omar Cavero[1]

www.larepublica.com.pe

3.      Momento actual del Perú: dominación neoliberal. No solo ideas sino estructura de poder.

En el Perú de hoy, la forma en que el Estado gestiona el capitalismo o, dicho de otro modo, el régimen de política económica que rige, tiene como criterios de acción y de valoración las ideas neoliberales.

Estas ideas se expresan como agenda política en tanto delimitan prioridades desde las que se decide hacer una cosa y no otra: sacar un decreto legislativo con cierto contenido o con otro, o no sacarlo, promover un tratado o no promoverlo, subir sueldos públicos o no, etc.

Un ordenamiento de prioridades

De 1990 en adelante, la prioridad última de los gobiernos se reduce a dos puntos: promover inversiones privadas y procurar estabilidad económica y política. No importa cuáles fueran los planes de gobierno de los candidatos presidenciales antes de ganar. De hecho, todos ellos prometieron cambios, pero ya en el poder siguieron el coro: inversiones y estabilidad.

Por supuesto, no estoy diciendo que solo se haya hecho eso, pero sí quiero enfatizar en que la diversidad de medidas, reformas, acciones o inacciones de estos gobiernos, han partido de un ordenamiento de prioridades que se ha subordinado a aquellos dos pilares, a aquellas dos prioridades sagradas.

En el plano de las ideas la lógica detrás de estas prioridades de política económica tiene asidero en una combinación entre teoría neoclásica y liberalismo, que podemos denominar neoliberalismo.

A modo de resumen, desde aquella ideología –lo es en tanto sistema de ideas para entender y evaluar el mundo-, la realidad social es vista como un cúmulo de individuos, donde todos cuentan con alguna cantidad de recursos que quieren transar y que están relacionados entre sí a través del mercado en calidad de ofertantes o demandantes.

Como –desde esta visión- nuestra única forma de lograr bienestar es siguiendo nuestra voluntad individual, y ésta se expresa en nuestras decisiones como agentes económicos en un mercado, liberar al máximo el mercado y promover la mayor cantidad de inversiones significará un bienestar lo más alto posible para todos. Formalmente todos somos libres, propietarios e iguales.

Estado pequeño y garante del libre mercado

Por eso, en la práctica, el neoliberalismo planteará que el Estado debe reducirse solo a ser un garante del mercado. No debe intervenir. En lo laboral, las posiciones más radicales plantearían, por ejemplo, que no haya legislación laboral ni que se permita la formación de sindicatos, pues serían distorsiones del mercado que harían que los empresarios enfrenten sobrecostos que los hagan menos competitivos. Recuerdo haberle escuchado a Enrique Ghersi decir: “no hay mejor sindicato que el que no existe”.

Desde esta lógica, entonces, si no dejan de llegar las inversiones o si las que están acá no se sienten cómodas, se pondría en riesgo el bienestar de todos, pues esas inversiones son las que darían dinamismo al mercado y haría crecer la riqueza total. Por supuesto, en esta visión no hay excedente de explotación y la desigualdad es justificada so pretexto de contar con incentivos para la eficiencia. Ellos no ven que la riqueza la producen los trabajadores y creen que los problemas que vimos al inicio se resuelven con más inversión.

Para esta ideología, si el Estado gasta mucho puede generar inflación, ésta generará inestabilidad y la inestabilidad hará que los capitales se alejen o no reinviertan. Si el Estado actúa de forma que no le gusta al empresariado, rápidamente deberá dar medidas para recuperar la confianza. De no hacerlo se irán, y el crecimiento se detendrá. Si hay un conflicto social, el Estado deberá poner orden lo antes posible y no cambiar la institucionalidad (de ninguna manera cancelar una concesión minera, por ejemplo), pues si no sigue esta pauta daría señales que no le gustarán al empresariado.

Resultado de una aplicación estricta de estos principios: Estado pequeño, gasto público bajo, instituciones a la medida de los empresarios, mano dura con las protestas, una democracia tutelada por los intereses del capital, gobiernos cuyo arte consistirá en atraer inversiones y mantener contentos a sus propietarios, etc.  En conclusión: Perú.

¿Plan de desarrollo nacional que nos lleve a depender menos de la extracción de minerales y sus precios internacionales?, ¿incentivos a sectores específicos de baja productividad?, ¿legislación laboral que proteja al trabajador?, ¿gobiernos que siguen el mandato popular?, ¿una estabilidad que estabilice instituciones más justas?, ¿democracia? No. Eso distorsiona el mercado y salvo el mercado todo es ilusión.

Una estructura de poder particular

Pero, ¿por qué habría que seguir estas ideas? Finalmente cada quien es libre de creer lo que desee, ¿verdad?

El quid del asunto está en que tales ideas son perfectamente funcionales a los sectores más fuertes de la sociedad y los que están mejor organizados. Que estas ideas primen en la agenda pública y en la legislación, solo lo explica el que haya una estructura de poder en donde los sectores que ganan con ellas sean los dominantes, con amplio margen de maniobra, y que los que no se benefician con estos planteamientos, tengan poca capacidad de presión.

En esa estructura de poder se ubican en la cúspide los representantes orgánicos del gran capital: en primer orden de importancia estará el capital extranjero y en seguida el capital nacional. ¿En qué radica su poder hoy? Básicamente en cuatro cosas, interrelacionadas:

a)     tienen un orden jurídico que les favorece ampliamente y que convierte en ley y en “Estado de derecho”, en “instituciones que fortalecer”, sus intereses particulares;
b)     están fuertemente organizados en gremios empresariales y a través de organismos externos de orden transnacional;
c)      manejan una extensa red de poder que atraviesa medios de comunicación, partidos políticos, universidades y burocracia estatal; y
d)     cuentan con el poder del dinero: hacen dependiente al Estado de su éxito económico vía tributación, pueden comprar funcionarios y candidatos, financian campañas políticas, compran medios de comunicación, contratan los mejores estudios de abogados y las mejores consultoras de comunicaciones, etc.

Ahí están los decretos legislativos dados por Fujimori en el marco del ajuste estructural, y la Constitución de 1993, hecha bajo la farsa de un Congreso Constituyente Democrático convocado con organismos electorales controlados y manejado con una amplia red de corrupción en la sombra, con dirección política desde el Ejecutivo.

Están también las diversas formas que han tomado las instituciones del Estado, tanto a nivel reglamentario como en su diseño organizativo. Se aprecia con claridad en la legislación ambiental, que si bien no existía antes, se planteó de forma tal que la promoción de inversiones no se viera afectada y la fiscalización ambiental real sea prácticamente inexistente, donde, por ejemplo el Ministerio de Energía y Minas, promotor de esas inversiones, es quien también las fiscaliza, haciendo las veces de juez y parte.

Mencionemos también los contratos ley con inversiones extranjeras, los beneficios tributarios otorgados a empresas en ciertas ramas, los tratados de libre comercio firmados con furor y con escasa intención de negociación real, etc.

Nótese que en esta enumeración, muy pequeña, menciono elementos que atraviesan los gobiernos de Fujimori, Toledo, García y Humala. La caída de la dictadura parece no haber sido muy relevante. El entramado institucional y la estructura de poder edificadas durante ese periodo, permanecen durante estos tiempos de democracia formal.

Observemos también la inmensa fuerza que tienen gremios empresariales como la CONFIEP, la SNMPE, ADEX, la SNI, las Cámaras de comercio de Lima y de las regiones, etc., y también atendamos a sus redes de poder. Éstas atraviesan:

-          medios de comunicación: ¿cuántos medios dan espacio a posiciones críticas al régimen económico actual?
-          universidades: ¿cuántas universidades de calidad desarrollan pensamiento crítico?, ¿cuántas facultades de economía cuestionan la teoría neoclásica con seriedad?
-          partidos políticos: ¿cuántos de los que están en el poder del Estado sea en el oficialismo o la oposición, son críticos o presentan alternativas al régimen económico actual?
-          burocracia: ¿cuántos funcionarios de alto nivel en los ministerios piensan distinto?, ¿cuántos de los que han tenido una opinión discordante subsisten en el cargo?, ¿cuántos transitan entre el Estado y empresas privadas que tratan con el Estado, como si se cruzaran una “puerta giratoria”, como apunta Francisco Durand?

Y a nivel externo están los de siempre, ya conocidos: organismos financieros como el FMI, el BM, la OMC, el BID, etc., calificadoras de riesgo (que le ponen nota a los países sobre qué tanto satisfacen al inversionista), foros económicos (donde los presidentes van a rendir cuentas a los inversionistas del mundo y a prometerles beneficios para que pongan negocios en sus economías), etc.

Debilidad organizativa, fragmentación y poca conciencia política

Bueno, eso es “arriba”, por decirlo de forma sencilla. ¿Y “abajo”?

Atención a algo: nada nos debería llevar a pensar que todos debemos estar de acuerdo o que debamos ser críticos al sistema y al régimen económico de forma automática. Está bien, varios pueden estar de acuerdo con la situación actual o sentirse de derecha. No hay problema con eso. Pero preguntémonos, ¿y si estuviéramos en contra y quisiéramos cambios?, ¿qué posibilidades de expresar nuestra voluntad tenemos?, ¿qué probabilidad de que el Estado nos escuche?, ¿qué capacidad tenemos de evitar que nos expropien nuestras tierras y nos expulsen a la fuerza porque debajo hay minerales, o de lograr que nos aumenten el sueldo y nos paguen las horas extra que nos corresponden?

Ahí se evidencia la estructura de poder: no estamos suficientemente organizados, ni siquiera como para resistir con éxito y mucho menos como para proponer y sacar adelante cambios políticos de trascendencia.

Por supuesto, hay gremios con cierta fuerza como el magisterial y el de salud, y también algunas organizaciones con capacidad de paralización y movilización de gente, como las rondas campesinas, algunas comunidades, organizaciones indígenas amazónicas, etc. Pero estamos lejos de contar con movimientos sociales nacionales, con cierta articulación entre sí  y con una agenda que sobrepase las demandas inmediatas o sectoriales. Asimismo, las posibilidades de representación partidaria son escasas, dada la debilidad y el extravío crónico de la izquierda política y la traición del partido nacionalista. A eso sumemos el apoliticismo extendido y el éxito que tiene la ideología del emprendedor “chambero” que no reclama y que trabaja largas jornadas.

¿Ustedes creen que un presidente se atrevería así nomás a violar sus promesas electorales y virar con descaro en dirección política contraria a la que enarboló en campaña, si hubiera una población organizada capaz de paralizarle el país y sacarlo, o de exigirle que cumpla determinadas políticas?

Lo que nos debe quedar claro es que si esa estructura de poder no es alterada, si no construimos poder mediante la organización y la conciencia política, si no enfrentamos la fragmentación tendiendo puentes entre espacios organizados y si no sabemos dirigir nuestras demandas también al mediano y largo plazo, seguirán pisando nuestros derechos y seguiremos creyendo ilusamente que en una democracia el poder de la población radica solo en votar cada cierta cantidad de años y desaprobar a las autoridades en encuestas de opinión.

4.      Los retos del movimiento sindical. Reforzar lo andado, crecer y crear estrategias para abordar la marginalidad económica.

El movimiento sindical no escapa a ese diagnóstico. La organización sindical ha sido la tradicional para agrupar a los trabajadores. Mostró su efectividad y la sigue mostrando. Permite expresar la fuerza colectiva de los trabajadores, organizar su lucha y crear conciencia política y de clase. Pero el sindicalismo está muy golpeado hoy. En proporción directa a su debilidad crece la precariedad y se vulneran los derechos del trabajador.

Urge pues poner de pie al movimiento sindical. Revitalizarlo, hacerlo fuerte. Eso significa, entre otras cosas, fortalecer los sindicatos existentes con nuevos afiliados, desarrollar más y mejores procesos de formación sindical, crear sindicatos nuevos, trazar puentes con otros gremios y sectores para lograr aliados valiosos, promover la unidad, acercar la lucha sindical a la población mediante mensajes efectivos que despierten la solidaridad de otros sectores sociales, etc.

Debemos pensar en las estrategias y las tácticas más adecuadas para afiliar a nuevos trabajadores, para derrotar el discurso generalizado del emprendedurismo auto flagelante y egoísta, y enfrentar el apoliticismo de los trabajadores más jóvenes.

Posibilidades y límites objetivos del crecimiento sindical

Ahora bien, como insumo para un diagnóstico que necesariamente debe ser más amplio y profundo, concédanme realizar esta pregunta: ¿cuánto puede crecer el movimiento sindical? En el marco de la tarea por fortalecer el sindicalismo, esta pregunta es fundamental.

Si mantenemos el esquema sindical actual y las leyes que lo amparan, el movimiento sindical tiene dos límites estructurales objetivos: la condición de asalariado y el tamaño de la empresa. Solo pueden sindicalizarse bajo ese esquema los asalariados y quienes logran conformar un grupo de por lo menos veinte trabajadores.

Según datos del 2012, hay 45.4% de trabajadores asalariado en el Perú. De ellos, solo 4.1% están sindicalizados. La tasa de sindicalización viene cayendo. En el 2002 bordeaba el 7%. La primera tarea es detener esa caída. Pero debemos notar algo importante: una tasa tan baja de sindicalización nos pone el techo bien alto para crecer. Estamos muy lejos de haber conformado sindicatos en todos los espacios donde éstos puedan ser formados. Tenemos mucho por avanzar.

Sin embargo, en paralelo a este trabajo de sindicalización de los asalariados, el movimiento sindical y quienes aportamos a su lucha, estamos obligados a pensar en cómo organizar a los trabajadores incluso de formas que sean distintas al esquema sindical clásico. Así nos lo impone el carácter marginal de nuestra economía.

Los datos son claros. Ya habíamos adelantado que menos de la mitad de los trabajadores son asalariados. Pero es menor la cantidad de asalariados en una empresa donde hay trabajadores suficientes para formar un sindicato. Por ejemplo, tomando la PEA total, en empresas de más de 11 trabajadores labora solo el 27.3% de la PEA, sean asalariados o no. Ello sugiere que una proporción menor a ese porcentaje es “sindicalizable”.

En el Perú, el 70.9% de trabajadores se emplea en MYPES (empresas de entre 1 y 10 trabajadores), el 34.8% de trabajadores son independientes y 11.6% son trabajadores familiares no remunerados. Ahí la forma sindical clásica puede no tener éxito.

¿Qué hacer?, ¿no son acaso trabajadores?, ¿no son acaso explotados de forma indirecta por el capital en tanto la lógica de la acumulación capitalista los relega a los bordes de la economía y los integra como consumidores y abaratadores de procesos de poca calificación?, ¿la marginalidad no es acaso efecto de una economía supeditada a una acumulación capitalista interesada en concentrarse solo en sectores de alta productividad, impidiendo el crecimiento del mercado interno y el desarrollo de los sectores de productividad baja?

Esa realidad nos exige creatividad, diagnósticos claros, estrategia, pero siempre mucha decisión y un norte claro: debemos partir de la convicción de que la organización de los trabajadores es fundamental para una transformación social, en tanto todo lo producido, y por lo tanto también lo que buscarán apropiarse los explotadores, ha sido generado con el trabajo.
5.      Palabras finales

Con estas cuatro ideas plantearé algunas palabras finales. Ya habrán podido notar que estas ideas simples entrañan tareas altamente complejas.

El momento actual, de mayor crecimiento del producto –aunque frágil, pues depende en buena parte de precios internacionales de materias primas- es un momento difícil para el movimiento sindical y para los trabajadores en general, aunque presenta también oportunidades.

Frente al fantasma de la inflación y del terrorismo de la década de 1980, la estabilidad relativa de hoy, a pesar de los ingresos bajos y todo lo mencionado, se presenta como un logro, un avance, pero oculta el grado de altísima explotación a que estamos sometidos los trabajadores. Sin embargo, el discurso del crecimiento y el autobombo empresarial pueden ser aprovechados para hacer evidente su contraste con la realidad cotidiana del trabajador y con ello mostrar que el patrón actual de crecimiento no favorece a la mayoría de peruanos y peruanas.

No puede admitirse que quienes producen la riqueza no puedan beneficiarse de ella, que los trabajadores, que sacamos adelante al país, estemos relegados a situaciones de precariedad o subsistencia. Eso no puede ser considerado simplemente como “normal” y mucho menos como justo, porque es algo construido socialmente y por lo tanto susceptible de ser transformado socialmente.

Y para lograr una transformación es preciso organizarnos. Está en juego no solo nuestra calidad de vida actual, sino la posibilidad de que nuestros hijos vivan dignamente. Trabajemos duro por fortalecer las organizaciones existentes, por hacerlas crecer, por despertar conciencia de clase en nuevos trabajadores y formar nuevos sindicatos, por tener bases activas que vitalicen el movimiento, por tener éxito en las estrategias orientadas a tener condiciones propicias para avanzar en la tarea titánica de superar las causas sociales de la explotación y la miseria.

No podemos darnos el lujo de descansar un solo segundo. Y es que estaremos trabajando no para que algunos se enriquezcan, sino para vivir bien nosotros y nuestras familias, y lo haremos con la seguridad de que es posible ganar en la contienda, pues en los trabajadores radica la fuerza social que mantiene viva la economía, que la produce. No pueden dejarnos de lado.

Pero para ello debemos ser fuertes. Ahora nos pisan. Ahora se aprovechan. Ahora abusan. Sí. Pero eso se tiene que terminar, porque hemos decidido no permitirlo más. Nos podrán quitar nuestros derechos en el papel, pero nunca nuestro derecho a luchar con valentía por vivir con dignidad. Acá hemos escuchado el testimonio valioso de los compañeros de Ripley y de Topitop, que nos han contado cómo tuvieron que enfrentar el miedo y las diversas formas de hostigamiento de la empresa, para poder contar con un sindicato, y también hemos escuchado cómo han logrado ya varios avances importantes desde entonces. Eso nos permite creer con fervor en que es posible avanzar en esta lucha, compañeros, y no solo que es posible ganar, sino que es urgente y necesario.

Muchas gracias y buenas noches.



La ponencia completa se puede descargar aquí.




[1] Esta es una adaptación ampliada de la ponencia presentada por el autor en el evento: “¿Qué significa ser joven y sindicalista en el Perú de hoy? La lucha sindical de los trabajadores y los retos de nuestra época”, organizado por Emancipación, Escuela permanente de estudios de la realidad peruana. (blog: www.escuelapermanente.blogspot.com). El autor es sociólogo e integrante de Emancipación. Correo:

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