Por: Omar Cavero[*]
2.
Difícilmente podríamos esperar otra cosa en una economía capitalista: el
capital siempre crece a costa de los trabajadores
La
situación de los trabajadores, que he comentado extensamente, es parte de una
realidad económica históricamente concreta, de un modo de producción, de un
sistema particular. Este sistema económico no ha sido el único en la historia,
no se ha dado en todas las culturas y no tendríamos por qué tomarlo como
simplemente algo natural, como “la
economía”, como si se tratara de un hecho frente al que cabría solo la
resignación. Me refiero a la economía capitalista.
Al margen
de si hemos leído a tales o cuales autores, o si somos o no académicos,
analistas o lo que fuera, o incluso si tenemos alguna postura política o no,
todos conocemos muy bien cómo funciona. Vivimos todo el tiempo bajo su lógica.
Este
sistema tiene dos características a mi juicio distintivas[1]. La
primera es que el criterio rector de la producción es la obtención de
ganancias. El dueño de dinero que quiere tener más dinero al final de un
proceso productivo, sin que sea necesario que agregue su propio trabajo
–recordemos la popular frase de la literatura de negocios: “haz que el dinero
trabaje por ti”-, es capitalista; y
la lógica económica de ese proceso podemos llamarla acumulación de capital. En términos sencillos: se produce no para
satisfacer necesidades, sino para vender y lucrar con esa venta.
Lo
que se vende debe ser reconocido como útil, sí, pero las necesidades que
satisfaga, su prioridad, su magnitud necesaria, etc., será secundario. El
objetivo último es ganar. Si algo tienen en común todos los empresarios del
mundo, aunque tengan lenguas distintas y sean buenas o malas personas, es que en tanto empresarios siempre querrán que
su capital crezca año a año.
La
segunda característica es que los trabajadores, aquellos que convierten el mundo
material, la naturaleza, en bienes y servicios, en productos concretos, entran
al proceso de producción como mercancías. Visto fríamente, así como uno va a un
supermercado a comprar bebidas gaseosas, el empresario compra trabajadores por
un determinado tiempo. Dicho con propiedad: los alquila el tiempo que dura la
jornada y pacta ese alquiler para un periodo que abarque lo establecido en un
contrato. El precio es el salario.
En
una economía así, entonces, el proceso de trabajo, inherente a la existencia de
la especie humana, que radica en nuestra capacidad de transformar la naturaleza
para hacernos de nuestros medios de vida necesarios, se convierte en un proceso supeditado al lucro de los propietarios y
donde los productores directos, los trabajadores, tomamos la forma de insumos
humanos, tanto como las máquinas, la tierra, el plástico, la madera, etc.
Algo
que no debemos olvidar es que solo hay ganancia cuando hay venta de lo
producido y solo hay productos que vender si hubo un trabajo que haya generado
eso que se quiere colocar en el mercado. Consiga usted máquinas de coser, telas
de la mejor calidad, papeles con diseños de prendas de gran estilo, asegure
energía eléctrica y una edificación que contenga todo lo anterior. Déjelo
reposar varios meses. Si no hay trabajadores, se tendrá luego un cuarto
empolvado, con telas apolilladas y máquinas con óxido. Solo el trabajo humano genera valor y puede convertir todo eso en
prendas de vestir que puedan ser vendidas.
Por
eso, si la intención última del dueño de capital es que su capital crezca, y la
única forma de que crezca es que absorba trabajo ajeno, entonces buscará
maximizar el trabajo que extrae de los trabajadores y minimizar lo que paga por
ellos. Para no sonar ampuloso con palabras económicas, veámoslo de esta manera:
el dueño del capital querrá siempre
exprimir al trabajador al máximo. Si puede hacerlo trabajar más horas, lo
hará. Si puede pagarle menos, lo hará. Si puede despedirlo o amenazarlo con el
despido, para hacerlo trabajar más duro, lo hará.
Aquello
siempre será así en tanto el empresario cumpla su rol como tal. Esto va más
allá de cuestiones morales, de si el dueño o los dueños son buenos o malos. Es
algo inherente al funcionamiento del sistema. Y es que sucede que el capital
solo tiene sentido si crece, y si crece constantemente.
Un sistema económico basado en la acumulación de capital y además en la
competencia de mercado, incentivará siempre el aumento de la rentabilidad del
capital invertido. En esta economía no solo se busca acumular, sino que el capital no puede dejar de
hacerlo.
Imaginemos
que un gran empresario está sentado aquí entre nosotros. Escuchó a los
compañeros trabajadores, al economista Julio Gamero, me escucha a mí ahora y
llega a su casa abrumado por la culpa, tras atravesar las calles como
extraviado, con el corazón latiéndole en el cuello. Al día siguiente,
arrepentido, concientizado, decide no buscar ganar más cada año y conformarse
con mantener constantes sus utilidades. A menos que sea un monopolista (y que
no sea parte de una sociedad anónima, pues debería convencer de su
extravagancia a los demás accionistas), lo más probable es que sea rápidamente
barrido por la competencia. Las empresas competidoras buscarán de forma
permanente abaratar costos, cubrir más espacio en el mercado, aumentar sus
utilidades, etc. Nuestro empresario arrepentido será reemplazado por otros, con
menos conflictos morales.
A lo
que quiero llegar es entonces a lo siguiente: los salarios bajos, la inestabilidad laboral, las jornadas extensas, el
trabajo intenso, etc., son consecuencias
directas del sistema económico. Siempre que el capital tenga campo para
crecer, lo hará, sea haciendo crecer la escala de su producción, encontrando
nuevos mercados, tumbándose o absorbiendo la competencia, o, y es uno de los
factores más importantes, reduciendo capital variable: las remuneraciones.
Permítanme
un comentario adicional. Existe una interesante discusión que podría plantearse
sobre el carácter del capitalismo en el Perú. Una apreciación clave al respecto
es que formamos parte de ese sistema en condición de economía marginal.
Aquello
es evidente al atender a nuestra estructura económica, que es heterogénea: bajo
trabajo asalariado, sectores de productividad alta emplean poca gente, priman
las micro-empresas, el subempleo abarca a la mitad de la población, se
articulan relaciones de producción semi-serviles, familiares, comunitarias y
neo-esclavistas a la acumulación del capital, etc.
Sin
embargo, constatar aquella marginalidad económica no nos debe llevar a creer
que acercarnos al funcionamiento de las economías desarrolladas (alto empleo
asalariado, mayor productividad, etc.), sea per
se un avance. La única manera de evaluar qué tanto una transformación
económica en aquella dirección es un avance o no implica entender las
características inherentes al sistema.
Superar
rasgos marginales y, por ejemplo, aumentar el trabajo asalariado o la cantidad
de empresas grandes en relación a las medianas y pequeñas, podría llevar en el
corto plazo a mejorar el ingreso de los trabajadores. Eso es cierto. Pero el
antagonismo básico entre capital y trabajo seguiría, por lo que si bien se
habría ganado condiciones para resistir al hambre de lucro –pues es muy difícil
legislar y organizar en la llamada “informalidad”-, estas condiciones solo
serán realmente una mejora si los trabajadores se organizan, resisten,
conquistan derechos, se mantienen fuertes y avanzan hacia la superación del
sistema mismo.
Lo
confirma la evidencia histórica. Cuando el movimiento de los trabajadores baja
la guardia, los derechos conquistados se pierden, los ingresos caen, la jornada
crece, etc. Es esa la naturaleza del capitalismo. Pero dejemos ahí esa
discusión por el momento.
[*]
Esta es
una adaptación ampliada de la ponencia presentada por el autor en el evento:
“¿Qué significa ser joven y sindicalista en el Perú de hoy? La lucha sindical
de los trabajadores y los retos de nuestra época”, organizado por Emancipación,
Escuela permanente de estudios de la realidad peruana. el 26 de abril
del 2014. El autor es sociólogo e integrante de Emancipación.
Correo:cavero.omar@gmail.com
[1] Como
es evidente, de aquí en adelante utilizo categorías y razonamientos
desarrollados por Carlos Marx en el primer tomo de su libro El Capital. Crítica de la economía política.
Desde luego, es una lectura personal.
https://pleasantmountpress.com/15-mejores-cosas-que-hacer-en-gavle-suecia/
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